Las raíces del movimiento okupa pueden remontarse a los años sesenta, con los hippies difundiendo una ideología de paz y amor, a la que se unía de una forma casi natural la crítica de la propiedad privada -o incluso de la monogamia- a las que se veía como fruto de un egoísmo individualista que el flower power y sus seguidores rechazaban por definición. Muchas cosas buenas surgieron de aquel movimiento, y muchos de los emprendedores tecnológicos que han cambiado el mundo con sus innovaciones, como Steve Jobs sin ir más lejos, hunden sus raíces -mezcla de pasión, individualismo y creatividad- en dicha corriente cultural..
En la década siguiente, el hipismo vivió una evolución no siempre positiva en términos de valores. La música pop se endureció con el heavy metal, y de ahí al punk. Y los valores de paz y amor solidario se pervirtieron por la generalización en el abuso de las drogas y el movimiento squatter, que se inició con la ocupación por las bravas de edificios públicos abandonados hasta degenerar en las mafias que aprovechan la ausencia del propietario para usurpar ilegalmente su propiedad. El momento álgido del movimiento okupa se alcanzó con el ascenso al Consejo de Ministros del movimiento del 15-M, identificados plenamente con el fenómeno de la okupación, o “comprensivos” al menos. Desde entonces, el sector inmobiliario sufre las repercusiones que un sistema judicial anquilosado, por una parte, y profundamente garantista por otra, dos características que combinadas con el amparo político de conductas ilegales por una parte del Gobierno, han conducido a una situación prácticamente insostenible.
No solamente los propietarios despojados de su inmueble por la fuerza de la okupación recurren a cuadrillas de desokupas, combatiendo el fuego con el fuego, sino que una parte considerable de los propietarios han sacado del mercado del alquiler sus propiedades ante el temor de una derivada del fenómeno okupa mucho más preocupante: el fenómeno de la alquiokupación, o inquilinos que dejan de pagar el alquiler alegando vulnerabilidad, sea real o supuesta. Por eso, una vivienda en alquiler se está convirtiendo en España en un objeto de deseo casi inalcanzable, con cifras de demanda que rayan en lo ridículo en relación con la oferta.
Una víctima colateral del fenómeno okupa son los carteles de Se Vende en las parcelas o ventanas, algo que contemplamos cada día desde nuestra atalaya en INMOTOOLS. Desde que nos salieron los dientes en este sector, aprendimos que la herramienta de marketing más poderosa eran los carteles de Se Vende (o Se Alquila). Los carteles no tienen el glamour de una campaña de radio o de redes sociales, pero estaba comprobado que, por unos pocos euros, los compradores que recorren tu zona en busca de un inmueble en venta, lo identificaban sin ambigüedades mediante el cartel correspondiente. Ese potencial comprador que llamaba al teléfono del cartel lo hacía con un conocimiento cierto de su ubicación, incluso de su altura y del aspecto exterior del edificio. Por lo tanto, era un comprador enfocado ya en el tipo de producto que se vendía.
Obviamente, su búsqueda se podía reconducir a otros inmuebles de la zona, o de zonas parecidas, pero la llamada de cartel siempre ha sido un objeto venerado por las Agencias y los profesionales del marketing que trabajamos para ellas. Además, el cartel tiene un beneficio subsidiario muy potente, porque sirve para hacer branding a un coste mínimo. Hay marcas inmobiliarias que han nacido y desarrollado gracias a una política agresiva de implantación de cartelería. Y los Agentes de franquicias americanas como Remax o Century 21 los utilizan con su foto para consolidar su marca personal. Por no mencionar lo potente que resulta con el añadido de “vendido”, dando un mensaje claro de la eficacia comercial de la Agencia inmobiliaria que se ha responsabilizado de la venta. En INMOTOOLS experimentamos con éxito para un cliente usando un cartel doble con el “Se Vende /Vendido” por una parte, y por otra un mensaje de captación: “Vende con nosotros”.
Incluso portales inmobiliarios como Idealista, facilitaron a sus anunciantes particulares los carteles para abanderar su propiedad. Ayudaban a su cliente y hacían de paso marca del portal. Fue uno de los movimientos que más molestó a los profesionales que financian con sus inversiones a Idealista. Afortunadamente, alguien se lo pensó mejor.
Desde luego, los propietarios y las Agencias inmobiliarias, como consecuencia, han dejado de usar los carteles de Se Vende, al menos de forma sistemática. El temor es fundado cuando se trata de viviendas vacías, no tanto en viviendas donde los propietarios siguen viviendo. En ese caso, los carteles se rechazan por temor a las molestias de posibles interesados, o de las propios Agentes que hacen farming en su zona (otra razón más en defensa de la exclusiva).
Lo más lamentable de la situación es que los carteles siguen siendo una herramienta de marketing con un enorme potencial. En su historia han ido evolucionando en cuanto a materiales (el PVC y el propileno fueron grandes avances) y la caída en desuso por el fenómeno de la okupación ha impedido que adquieran todo su potencial mediante el uso de los populares QR, cuya funcionalidad a distancias cada vez mayores ha quedado resuelta por su conexión con las cámaras cada vez más potentes de los teléfonos móviles. Incluso hay innovadoras propuestas en el mercado como carteles led alimentados con energía solar.
No sabemos si la desaparición de los carteles in situ para anunciar propiedades en venta será un fenómeno pasajero (alguien alguna vez deberá solucionar esa tolerancia con los delitos de usurpación de propiedades privadas que salen gratis a los delincuentes) o se instalará definitivamente en las malas costumbres tan propias de nuestro país. En todo caso, aún están ahí los carteles y los que los utilizan de forma sistemática pueden testimoniar su utilidad y rentabilidad.



