CUANDO LA ECONOMÍA SE RESFRÍA, EL SECTOR INMOBILIARIO ESTORNUDA

Al contrario que en crisis anteriores, como la financiera del 2008 o la sanitaria del 2020, a la que enfrentamos ahora tiene un carácter claramente artificial, y es obra de las poco -o más bien nada- ortodoxas obsesiones de una persona que resulta ser el presidente del país más rico y poderoso de la tierra, los Estados Unidos de América. Al margen de la opinión política que sostenga cada uno, lo constatable es que Donald Trump y su equipo de gobierno está dispuesto a afrontar una caída de las bolsas, un previsible aumento de la inflación y una probable recesión (según JPMorgan, el principal Banco del país). Todo eso en el contexto de un país y unas empresas endeudadas hasta las cejas anuncia tempestades económicas. Lo más curioso del asunto es que los problemas serán más intensos y más duraderos para el resto de los países, y no solamente porque exportarán menos a Estados Unidos sino porque el dólar y los bonos americanos son un refugio de valor, independientemente de que ellos sean el origen de la crisis. Ya lo vimos con las subprime, un producto de ingeniería financiera creado por los bancos de inversión norteamericanos, cuyo derrumbe afectó a Europa en mucha mayor medida que a los Estados Unidos.

Los optimistas esperan que una crisis generada de forma tan unilateral y artificial por la voluntad de una sola persona tendrá una fácil resolución en cuanto los datos económicos apunten a lo equivocado de sus decisiones de política económica. El problema es que Donald Trump cree que ha encontrado una varita mágica para dar solución a un problema que -según los economistas- no es tal: los déficit comerciales que el mayor consumidor del mundo genera por su propia voracidad consumista.  Está bien que te preocupe el déficit comercial, pero no cuando eres el país más poderoso del mundo, con la mayor renta per cápita y gozas de pleno empleo. Muchos opinan que solo se trata de una táctica negociadora de alguien que presume de ser un negociador duro. Por si es lo uno o lo otro, el caso es que soplan vientos de crisis especialmente en la UE, una potencia comercial con los pies de barro porque se trata de un constructo político experimental y supone por tanto una presa aparentemente fácil para los dos hegemones actuales: la China manufacturera y los Estados Unidos con poderosas corporaciones tecnológicas de ámbito global. Hará falta mucha habilidad para no quedar atrapados entre las dos potencias en conflicto y, al contrario, aprovecharse de su frontal enfrentamiento sin concesiones aparentes para sacar rédito político y comercial.

He dejado los dos párrafos anteriores tal cual lo escribí hace un par de días. Como corroboración de lo escrito en ellos, Donald Trump ha tenido que dar marcha atrás y establecer una pausa a los aranceles (excepto los de China) de 90 días. Con esta pausa obligada, el tahúr que es Donald Trump se ha visto obligado a poner sus cartas encima de le mesa. Al final solo se trataba de un bluff, un mero truco de prestidigitador para conseguir que los países negociaran en sus términos. Lo más significativo de esta rectificación es que no ha sido debida a la caída de las bolsas, ni a las quejas de muchos congresistas y senadores de su partido, afectados por aranceles mutuos a los productos de sus distritos electorales, ni a los anuncios de recesión. Se ha debido precisamente a la constatación de que los bonos del Tesoro a diez años estaban siendo vendidos rápidamente por los inversores y eso iba a encarecer irremisiblemente el pago de intereses de la deuda del país y -por encima de todo- los tipos hipotecarios que se referencian sobre ese índice. Todo apuntaría a hipotecas al 7%, un desastre total para el sector inmobiliario y para los propietarios endeudados a interés variable. Eso no lo ha podido aguantar la presunta fortaleza de un antiguo magnate inmobiliario que fracasó como promotor de hoteles y casinos, y triunfó como político y demagogo. Pero ojo: la crisis no ha terminado en absoluto. Solo la guerra comercial entre EEUU y China por sí sola, tiene capacidad para subvertir todos los equilibrios económicos actuales.

En cualquier caso, por si son churras o merinas, todo empresario prudente debería pensarse como reaccionar en el caso de que esta incipiente crisis se convierta en una crisis más amplia. Si tu empresa está o depende del sector inmobiliario, yo de ti me prepararía porque vienen curvas. El sector inmobiliario es muy sensible a las crisis. El lado más débil cuando se prevé una recesión son los compradores, que a los primeros síntomas postergan su decisión de compra. Esto no vendría mal en esta coyuntura de mercado, porque lo que falta es producto. Un retraimiento por parte de los compradores -y el consiguiente pánico de los vendedores por la ausencia de ofertas- puede ayudar a las Agencias inmobiliarias a rehacer su stock de casas en venta. Pero eso es pensar a corto plazo.

A largo plazo -por si la crisis se alarga o profundiza- es importante aprovechar el momento para repensar lo que es esencial y lo que es prescindible en tu negocio. Mejor lo tienen los que tienen un equipo comercial basado en Agentes autónomos, aunque ya sabemos que este Gobierno lanzó una campaña atroz contra ese tipo de relación comercial, que ellos consideraban laboral. Sean autónomos o en plantilla (afortunadamente el despido en nuestro país está muy liberalizado siempre que se asuman los costes correspondientes), la primera tentación es ahorrar costes por ese lado. Reducir el equipo comercial no es en absoluto conveniente, porque después es muy costoso rehacerlo. Pero es una medida casi inevitable en determinadas situaciones de crisis. Es mejor asegurar la viabilidad de un equipo reducido que verse abocados al cierre.

Por otra parte, la tentación fácil es reducir o hasta suprimir las inversiones en marketing y lo digo con conocimiento de causa. Una crisis tras otra, la conclusión es que los que aguantan invirtiendo en marketing -incluso aumentando sus inversiones- salen fortalecidos, mientras que los que reducen su presencia en el mercado (la comunicación comercial solo consiste en eso finalmente) salen debilitados y en inferioridad de condiciones. Una competencia tan intensa como la que concurre en el sector inmobiliario, invita a los más fuertes a aprovecharse del espacio que dejan los más débiles. Por eso no aconsejo disminuir las inversiones, sino intentar optimizarlas al máximo, acudiendo a profesionales expertos que te aconsejen. También será el momento de revisar los proyectos de expansión y diversificación, para los que es necesario emplear recursos o reconvertir los que tienes. El alquiler suele ser un negocio anticíclico en las inmobiliarias (cuanto menos compras, más alquileres). El problema en este momento es que no hay stock en alquiler en España, gracias a las equivocadas medidas legislativas de este Gobierno, siempre dispuesto a favorecer a los que considera sus clientes electorales

El hecho constatado por la historia es que las crisis empiezan por una causa conocida, normalmente, pero su evolución posterior es imprevisible y  suele convertirse en un fenómeno natural con múltiples fuerzas interaccionando unas con otras. El caos en definitiva. En este caso, la principal preocupación son las enormes deudas públicas de algunos países desarrollados, como el nuestro. Si suben los tipos de interés para atajar un súbito fenómeno inflacionario, debido al aumento de aranceles por ejemplo, el sector inmobiliario sufrirá como el primero, aunque no exporte absolutamente ningún bien a otros países. Aunque sí participe en los equilibrios por cuenta corriente debido a las compras por extranjeros. Igual que ocurrió en la Crisis del 2008, las Agencias inmobiliarias deberían aprovechar esta  amenaza de crisis -aún incipiente- para mejorar la formación de sus equipos, introducir procesos administrativos y comerciales más eficientes y aplicar con decisión herramientas más productivas. Y -por encima da todo- afianzar su marca corporativa.

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