Después de la Revolución de Octubre, y para congraciarse con las masas que los habían aupado al poder de una forma inesperada, los bolcheviques decidieron suprimir el impuesto sobre el alcohol, el más impopular de los que gravaban a la población, y específicamente perjudicaba a los soldados que luchaban en la Primera Guerra Mundial. Cuando los ingresos del Estado cayeron en picado como consecuencia, el impuesto volvió. Y es que la recaudación de impuestos es la base en la que se soporta cualquier Estado que pueda considerarse como tal, y desde tiempo inmemorial..
Lo que es menos disculpable es que el Estado -con su esquema piramidal de Administraciones- se cebe en un bien tan esencial como es la vivienda, un bien cuyo derecho a la posesión y disfrute está reconocido por nuestra Constitución. En vez de un IVA superreducido, como correspondería a un bien esencial, la vivienda sufre la imposición de un tipo del 10% para la compra de obra nueva. Pero lo más preocupante, y diferencial en el caso español, es el gravamen a la transmisión de una vivienda de segunda mano, el ITP, que representa entre el 6 y el 10% del coste del inmueble transferido, cuando el tipo estándar para la transmisión de bienes de segunda mano de otro tipo es el del 4%.
El autor tuvo la oportunidad de participar, por cuenta de la antigua patronal de las Agencias inmobiliarias AEGI, en una reunión con emisarios del FMI (Fondo Monetario Internacional) porque ese año (2009) les tocaba analizar el sector inmobiliario de nuestro país. Entre mucha jerga económica, una idea clara se abrió paso en la reunión: no tenía sentido que España tuviera el impuesto de transacciones inmobiliarias más alto del mundo desarrollado. Lo normal es una “transfer tax” del 0 al 2% según los países y las Regiones o Estados federados de cada país. Y por una razón muy sencilla: un impuesto como el español castiga la compraventa de viviendas y, de paso, la movilidad de la población. Los impuestos no solo suelen ser instrumentos de recaudación, sino piezas de ingeniería económica para provocar efectos positivos o evitar los negativos. La mejor muestra es la imposición desmedida del alcohol y el tabaco, que se justifican por el daño para la salud y, de paso, para l presupuesto de la Sanidad pública. Pero gravar desmedidamente un bien esencial y básico para los ciudadanos como la vivienda, no tiene justificación ninguna.
Ahora que parece que nuestro Gobierno quiere cambiar el nefasto curso de las políticas de vivienda emprendido con la infame y contraproducente Ley de la Vivienda, la mejor medida sería rebajar el ITP, el IVA de la Obra nueva y, por qué no, recuperar la desgravación por la compra de vivienda habitual. Quien dice el Gobierno, dice las Comunidades Autónomas, que son las mayores beneficiarias del ITP. Hay que recordar que sobre las viviendas pesan también los IBI -llamados “property tax” en el mundo anglosajón-, las plusvalías municipales al vender la vivienda y, la imposición a las ganancia generada entre la compra y la venta, que se agrega al IRP del año en cuestión y, como guinda del pastel, los impuestos de sucesiones que se aplican a las herencias: el muerto al hoyo y Hacienda al bollo. Por supuesto que hay excepciones y desgravaciones en determinadas circunstancias. Por ejemplo, En Alemania, el impuesto por la ganancia se reduce a cero a los diez años de la compra. Y en CCAA como Madrid o Andalucía, hay una deducción del 99% en el impuesto de sucesiones. Algo que el Gobierno Central quiere combatir con la “armonización fiscal que anuncia. En todo caso, lo más grave fue la desaparición de las deducciones por compra de una vivienda habitual. El Estado es consciente de que el anhelo de muchos ciudadanos es comprar una vivienda. Por eso tratan la vivienda como la gallina de los huevos de oro que hay que explotar hasta la saciedad. Harían mejor en revisar la fiscalidad para el conjunto de la población, y en todo caso ayudar a las personas que no pueden acceder a ella. Tampoco se entiende mucho que los afectados e interesados -sobre todo Promotores, Agentes inmobiliarios y Asociaciones de consumidores- den por sentado que la fiscalidad de la vivienda es inamovible, cuando en realidad es tan distinta a nuestro entorno y tan perjudicial para un sector tan vital de nuestra economía.



