La profesión inmobiliaria en su forma actual se desarrolló en Estados Unidos en el siglo XIX. De ahí nos llegaron las primeras historias de empresarios que compraban terrenos para reparcelarlos y venderlos a los compradores que querían construir su casa, siempre con pingües beneficios. Junto a estos, surgieron los Agentes que se encargaban de vender viviendas de terceros en su nombre. En Nueva York y Chicago (la cuna de la profesión) se hizo costumbre reunirse en un local céntrico para intercambiar información sobre encargos de venta y compra. De ahí surgieron los “brokers” inmobiliarios que asimilaron su nombre al de los agentes de la Bolsa que compraban y vendían acciones en nombre también de un tercero al que representaban y aconsejaban.
Junto con los inmobiliarios -sobre todo de los reparceladores- surgió la mala fama que se extendió por todo el país. Los libros baratos impresos en papel de periódico -de ahí lo de “pulp fiction”- estaban repletos de historias de Agentes inmobiliarios -en realidad promotores- que compraban parcelas para hacer cochineras de cerdos u otras instalaciones molestas, chantajeando de este modo a los propietarios del barrio. Eso era antes de que la planificación urbana definiera zonas distintas con normativas más o menos estrictas de lo que se podía o no edificar. Las Asociaciones de inmobiliarios se propusieron dar la vuelta a la tortilla de su imagen pública en 2008 cuando varias asociaciones estatales se unieron para constituir la National Asociation of Real Estate Brokers, que después de inventar y registrar como propia la marca Realtor, cambiaron su denominación a la National Association of Realtors, o NAR de forma abreviada, como es conocida hasta nuestros días. La NAR adquirió en los años veinte y treinta del siglo pasado una enorme influencia para bien o para mal (según las opiniones). Ayudaron a definir el modelo del “sprawl”: comunidades suburbanas de chalets exentos con patio trasero y pradera de césped con espacio para aparcar el coche delantero. Eso perjudicó al desarrollo normal de las ciudades, quedando los centros desertizados y degradados por la espantada de la clase media blanca. Los parques empresariales siguieron la senda de las urbanizaciones mudándose al extrarradio y, en un país sin apenas transporte público, dejaron atrás a los miembros de la clase baja (blancos pero, sobre todo, negros) sin medios propios para desplazarse.
Por otra parte, la NAR influyó en el Gobierno Federal para dotar de garantías a los préstamos hipotecarios. A la Banca privada no le gustaban las hipotecas (demasiado riesgo a largo plazo) y fue necesario crear dos Bancos Públicos con los curiosos nombres de Freddie Mac y Fannie Mae, que aún hoy en día respaldan la mayor parte del crédito hipotecario privado en Estados Unidos. Finalmente, la NAR influyó también de forma determinante para la aprobación de una ley de postguerra conocida como GI Bill que facilitó la recolocación y la formación universitaria de los veteranos y dio acceso al crédito hipotecario a los soldados que se licenciaron después de la Segunda Guerra Mundial. También esta ley benefició de forma completamente desproporcionada a los veteranos de raza blanca, sobre todo en los Estados del Sur.
La NAR ha seguido aportando -y presumiendo de ello- en cada ciclo electoral millones de dólares a las campañas electorales de más de doscientos congresistas y senadores. Eso no le ha servido al final para evitar que su modelo de negocio se haya visto alterado radicalmente por una demanda colectiva de propietarios que reclamaban los honorarios que sus Agentes pagaron a los Agentes de los compradores sin su consentimiento. O así se expresaron las sentencias judiciales que condenaron a la NAR y a varias Redes inmobiliarias por prácticas anticompetitivas. Al final se ha producido un acuerdo entre los demandantes y los demandados, que no asegura del todo que la cosa se acabe ahí. De momento la NAR se ha visto impelida a modificar una norma fundamental de su modelo contractual tradicional. A partir de esa modificación, las Agencias pueden ofrecer una compensación del 0% al Agente del comprador, obligando en la práctica a negociar directamente entre ellos -Agente y comprador- los honorarios por los servicios de asesoramiento y representación. Lo sorprendente es lo bien recibida que ha sido esa sentencia por parte de la prensa económica estadounidense e internacional. Se prevé un descenso de los honorarios y la salida de la profesión de miles de Agentes. El tiempo dirá.



